Cassandra’s Dream (2007): ¡La pesadilla de los críticos adocenados!
Voy a hablar de Cassandra’s Dream pero a lo mejor lo que más me interesa es desahogarme contra los críticos apoltronados. Por respeto al lector, me contendré hasta el final, porque, en serio, lo mejor que me podría pasar como crítico, pese a los lamentos de mi cartera y mi ego, es que nunca me fiche El País, Fotogramas ni por supuesto Dirigido y su reverso luminoso, Cahiers. Decir que Cassandra’s Dream es una película floja, impropia del genio judío (tópico que persigue a Woody Allen desde hace décadas), es una majadería con todas las letras.
En su penúltimo film, Allen dirige con pulso una tragedia contada en clave de cine negro con toques de comedia. Mejor dicho, una comedia que toma prestados elementos del cine negro en su primera mitad y, todo lo contrario, del ecuador hasta el final, que resulta trágico, escueto y demoledor.
Los actores están de matrícula de honor, sin duda mérito de ellos mismos y del realizador. También es verdad que Woody Allen trabaja con quién le da la gana. Destacar a algún actor en concreto sería dármelas de visionario, porque ninguno hace aguas. El papel más complicado, luego explicaré por qué, es el que borda Collin Farell.La historia pinta sencilla: una familia londinense bastante menos funcional de lo que aparenta depende de las ayudas del tío rico afincado en California. Dos hermanos, Ian (Ewan McGregor) y Ferry (Colin Farell), persiguen sus sueños con un estilo diferente. Si el primero busca el lujo y la clase fuera de su entorno; el segundo sólo aspira a ganar a las cartas o en las carreras lo suficiente como para que su novia sea feliz, sin despegarse de su gente. Llegado el momento, los dos necesitan de su tío para seguir adelante. Ian porque se enamora perdidamente de quién no debe; Terry porque la pifia en una partida de póquer. Esta vez el tío Howard les pide atravesar una línea desde la que no hay forma de retroceder.
A vueltas con el argumento, Woody Allen plantea muchos axiomas para luego destruirlos: uno de ellos es que la familia da seguridad; y el otro es que en este mundo sólo los ambiciosos triunfan. Además, lo hace sin dar lecciones.Si hasta ahora todo son virtudes, el defecto principal de Cassandra’s Dream es el de casi todas las películas de Allen, el exceso de diálogo. Algunas líneas sobrarían hasta en una representación teatral para invidentes.Sin embargo, ¿acaso este “pero” puede echar abajo una obra donde el espectador se emociona, ríe, se mantienen en tensión y, finalmente, se sorprende sin sentirse insultado?¿Entretenida? Cien por cien. Además, los que hayan pasado apenas un mes en Inglaterra sabrán ver que la flema británica invade el guión: constantes referencias al tiempo, argot de las clases bajas, visión de Estados Unidos como el paraíso, etc. Woody Allen tampoco juega al escondite como en la magistral Match Point: fervor por los restaurantes de lujo, visión pesimista de la vida, personajes atormentados y visiblemente cómicos cuando sufren.
De veras, si lees alguna crítica donde se atrevan a decir que el realizador neoyorquino se aleja de sí mismo o se vuelve a repetir como el ajo, entonces es que el cronista se ha dormido en la sala. Exceso de alcohol o déficit de horas de sueño lo llaman.
Sin duda, me quedo con la apuesta más arriesgada de la película, que no es la analogía con la mitología clásica (Casandra, hija de los reyes de Troya) ni el homenaje a la legendaria A pleno sol, lo más sincero, duro e incómodo del film es mostrar la angustia del personaje interpretado por Colin Farell tras haberse traicionado a sí mismo. Por algo Allen está más cerca de la problemática existencial que muchos de los socarrones críticos que se dedican a estafar a sus lectores con un análisis vacío y lleno de prejuicios (ya se sabe, el oficio manda, y es que muchas veces los críticos “estrella” prefieren ahorrar tiempo y acudir al pase de prensa con media reseña hecha. Así luego tienen tiempo de afilar la pluma y sacar todas las reservas de veneno de sus entrañas).
David Navarro





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