La realidad tras el espejo: Paris, Texas de Wim Wenders (1984)
El vagabundo que se arrastra por el desierto sin rumbo, sin destino, con la marca de la crueldad de la vida. Es un individuo que con su deambular representa exteriormente el viaje interior de un enfermo depresivo. Dirige sus pasos en la dirección de sus pensamientos: hacia ningún sitio, hacia la profundización en el caminar en círculos y pensar en lo que no puede curarle.
Introducido en un estado catatónico sólo el chasquido de alguien que pudiera encender un recuerdo en su mente podía despertarlo. Pero Travis prefiere el desierto donde nada pueda agradarle pero tampoco perturbarle. El sufrimiento será sólo físico, los recuerdos acabarán borrándose y la amnesia le devolverá a la plácida inconsciencia.
¿Qué pecado puede ser tan grave para que su conciencia le exija tal penitencia? Quizá actúa como un caballero de los de antes, que vagaban por la tierra en busca de entuertos y gestas con las que hinchar su fama y merecer, así, a su amada. Tal trastorno sólo puede haberlo causado el mayor de los dolores: el desamor, el amor no correspondido. Haberlo tenido y haberlo perdido. Saber que lo consiguió pero no supo conservarlo, quizá signifique para él que no lo merecía o aún más: que no era digno de él. Visto así, es un hombre condenado a la infelicidad.
Más duro que los rigores del desierto es el viaje de vuelta. Volver a mirar a los fantasmas que jugaban con sus recuerdos, con su sufrimiento. Enfrentarse al motivo de su perturbación. Travis hizo el viaje del salmón. Dejó sus energías en caminar hasta el lugar donde fue concebido para regenerar la vida. Sin embargo, la cascada que debía remontar era de la Houston.
La melancólica banda sonora regala de vez en cuando, esos acordes de guitarra al más puro estilo tejano, que empujan a Travis. Él se yergue, levanta la cabeza buscando el reconocimiento de su hijo. Es el primer paso hacia Jane. Ahora ya tiene un fiel compañero en esta película de carretera.
El locutorio dosifica la emoción del reencuentro, guiada por el inteligente diálogo de un hombre que tuvo mucho tiempo para pensar. La incógnita de lo que quedaría de la mujer que dejó cuatro años atrás y que trabaja en un vulgar salón, reprime las preguntas directas. La expectación y la intriga se administran al espectador como si del suero de un catéter se tratara.
El desgarbado tejano se topa con el motivo de su locura. Sin duda, el momento cumbre de la película en e
l que se juega con el espejo, cristal y luz. Como si fuese el diván de un psicólogo, Travis articula en palabras esa ponzoña indescriptible que se había apoderado de su mente. De espaldas a su mujer desahoga su conciencia y aún es capaz de renunciar a lo que más desea: su vida pasada. La historia deja muchos cabos sueltos como las relaciones entre los personajes en el futuro. Sin embargo, esa incertidumbre, esa sombra es la que produce el miedo en una familia rota; un desmadre y un “despadre” que nunca puede acabar bien.
El encuentro de Jane con Hunter lima las hirientes estrías de este drama. La reconciliación imposible y la familia rota de Walt ponen fin a una historia que nos transmite el grito de dolor por el desarraigo de una sociedad en la que las familias se rompen. Quizá se trate de una sugestiva crítica de Wenders al individualista arquetipo familiar anglosajón que desgraciadamente invade la férrea concepción colectiva de la familia latina.





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