The Neanderthals y The Trashmen en Barcelona
Revisión de oldies y viaje en la máquina del tiempo en La [2] de Apolo. The Trashmen, clásico entre los clásicos, uno de los percursores del garage y del surf rock (y eso que son originarios de Minnesota, donde la tablas de surf se ven sólo en pintura) repasaron clásicos inmortales después de que The Neanderthals dieran su recital de rock cavernícola.
Y eso que The Neanderthals no pudieron contar con sus disfraces a causa de algún problemilla con los equipajes. Si es que le pasa a cualquiera.
Solo Johnny Rab, el cantante, pudo lucir el característico disfraz de piel de leopardo y antifaz (supongo que lo llevará siempre consigo). Pues con eso, con la guitarra de Eddie Angel y ese repertorio de canciones sin más pretensión que divertir.
Go Go Yamaha, Li’ XKE, Moon twist o Betty Lou (“Betty Lou has a new tatoo” y pa lante) con Eddie luciéndose en unas cuantas ocasiones y Johnny moviéndose de un lado al otro del escenario cargando con un goliat que aporreaba con media docena de baquetas. Debieron de tocar unas doce o catorce canciones en algo menos de tres cuartos de hora, iban ágiles, ágiles.
Y luego llegaron The Trashmen. Su disco début está cerca de cumplir el medio siglo, poca broma. Tenían el mismo problema que The Neanderthals, extravío de maletas. Así que en escena estaban cuatro músicas ya entrados en añitos, con sus vaqueros y sus camisas y polos. La puesta en escena no invitaba mucho a un desfreno rockanrolero.
Pero poco a poco a base de temas del famoso álbum Surfin’ Bird como Bad news, Kuk o Baja junto con versiones de Gloria, I fought the law o Ghost riders fuimos entrando en calor.
Y luego vino Miserlou, espectacular Tony Andreason en la guitarra, y Surfin’ Bird y ahí ya empezaron los bailes desatados y al respetable aullando el Papa-Oom-Mow-Mow. Ver a doscientas personas vibrar con lo que hacen unos abueletes sobre el escenario es algo digno de mención. Todavía hubo tiempo para que Eddie Angel y Johnny Rab se les unieran para versionar la eterna Louie Louie. Dos horas entre las dos actuaciones, afónico y sudando. Y que encima alguien les llame viejos.




































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