Los viajes de Sullivan de Preston Sturges
La sucesión de vertiginosos y agudos diálogos en el comienzo promete al espectador una tensión cómica constante. El guión nos introduce en un mundo perfecto, visto desde el protagonista Joel McCrea. La preocupación de Sullivan por las cuestiones sociales contrasta con la apatía de los productores al respecto. La crítica social se hace presente desde los primeros minutos. El desinterés de los ricos por los pobres. Los productores transmiten la postura de quien entiende que no trae beneficios o no es provechosa la generosidad con los menos afortunados.
La historia se puede entender como evaluación de los ricos, pero también lo es de la gente en general. Ante las ideas de Sullivan, los directivos se apresuran a corregirle argumentando que a nadie le interesa la parte de la realidad que no es divertida. (“a nadie le interesa una historia de cubos de basura”). Éstos representan la tópica conciencia cínica del empresario estadounidense.
El devenir del protagonista no le depara conseguir su objetivo. La imposibilidad de salir de Hollywood se convierte en la frustración de Sullivan. En ese momento lanza una sentencia muy típica. Los ricos no pueden dejar de serlo, lo que implica que los pobres tampoco. La inmovilidad de las clases sociales.
El encuentro con la actriz fracasada supone el primer contacto con la realidad. Ella se convierte en la cara amable de ese mundo que busca, y lo verdaderamente importante que le queda después de salir de la cárcel. Se convierte en la guía de Sullivan, una chica que está de vuelta de ese viaje y procura que él se lo ahorre.
Tanto contenido crítico queda aliviado por los originales diálogos y escenas de persecución, de un humor de dibujos animados que recuerda a Walt Disney o al mismo Chaplin. La estética sugiere películas anteriores al cuarenta, sin embargo, la carga crítica podría ser la de un filme recién estrenado.
El ingreso en la cárcel y el enfrentamiento con el capataz sitúa al protagonista en la realidad a la que deseaba acceder. Como era de esperar, cuando la tiene enfrente no la reconoce y sigue esperando una caravana salvadora. No obstante, el personaje de McCrea mantiene parte de ese aura protectora personificada en el ayudante del capataz. Además, la historia tiene un final perfecto, propio de las películas de Sullivan.
Parece que esa cruda realidad no le da escapatoria hasta que el protagonista es capaz de asumirla. Consigue lo que quería cuando ya no lo desea pero quizá cuando realmente lo necesita. “Vigila lo que deseas porque puede convertirse en realidad”. Podría ser un buen consejo para el bueno de Sullivan.





Últimos comentarios