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Crónica

MAR 16 2011

Concierto de Miyavi en Barcelona, Sala Apolo

Miyavi · Apolo · Barcelona

Texto y fotos

Crónica por Rosario López

Fotografía: Rosario López

Dos años después de su anterior visita a la sala Apolo, Miyavi volvió a la ciudad condal con la consecuente expectación de su gran base de fans de estética influenciada por la Japanese street fashion. A pesar de contar con un aforo más discreto que la última vez que le vimos, la noche fue toda una sorpresa agradable para quienes sólo esperaban una estética arriesgada y los tópicos del J-pop.

La verdad es que nunca le había visto en directo y por las imágenes promocionales y todo el fenómeno fan que le rodea, me esperaba un espectáculo muy centrado en el componente estético, pero el concierto nos sorprendió a propios y extraños por una relativamente sobria puesta en escena, que no impidió que el show se sostuviera sin problema gracias a una calidad musical excelente.

La nueva propuesta musical de Miyavi en esta gira, What’s My Name? es en apariencia tan sencilla como arriesgada: si en anteriores giras se había arropado por una amplia banda con los mejores instrumentalistas, en esta ocasión ha reducido la ecuación al mínimo, basando su nuevo disco en baterías (a cargo de Bobo, su único acompañante sobre el escenario) y guitarra y voz. Y que nadie se engañe, eso es lo único que necesitó Miyavi para ofrecer un tremendo concierto, en el que se pasó de un estilo a otro con total naturalidad y una coherencia inusitada.

También su imagen resultaba más sencilla de lo esperado: vestido completamente de negro y con deportivas, dejando adivinar apenas sus míticos tatuajes en pecho y brazos.

La noche empezó a por todas, con un trallazo de música frenéticamente rítmica y agresiva como es Survive , con la característica mezcla de letras en japonés intercalada con frases en inglés que le caracteriza, mientras Miyavi ofrecía también todo un espectáculo en sí mismo, moviéndose con una energía incontenible de un lado a otro del escenario, saltando y gritando como si fuera la última canción que fuera a cantar en la vida.

Las primeras filas, enloquecidas, gritaban enfervorizadas siguiendo cada movimiento de pelo y cada provocación, dejándose llevar por las rapidísimas notas que salían de la Gibson incansable de su ídolo.