Crónica
Oceansize en la sala Koko, una noche para el recuerdo
Texto y fotos
Crónica por Rosario López
Para los barceloneses que hemos seguido a Oceansize desde hace años, su próxima visita a nuestra ciudad a principios de noviembre (la primera en más de una década de prolífica carrera) será sin duda uno de los mayores acontecimientos musicales del 2010. Con 4 discos y dos EPs a sus espaldas desde que empezaron su andadura con el insuperable Effloresce, los de Manchester han sabido quitarse de encima cualquier etiqueta que intentara clasificarles, ofreciendo algo diferente y excitante disco tras disco y reinventando los límites de la música misma con cada tema.
Quizá no son estrellas del rock, ni disfrutan de la popularidad que merecen, pero quienes les hemos visto en directo sabemos que hay pocas experiencias musicales comparables a la entrega y la maestría instrumental de Mike Vennart y los suyos, y gracias a ello mueven consigo en sus giras a una de las más fieles bases de fans que haya visto nunca en grupos del circuito alternativo.
A apenas un mes vista de sus próximos conciertos en España, dentro de la larguísima gira europea de presentación del grupo de su último disco, Self-Preserved While The Bodies Float Up, me pudo la impaciencia y me tomé un fin de semana para verles en directo en la mítica sala Koko de Camden (Londres) y en el O2 Academy de Oxford, los días 1 y 2 de octubre. Ambos conciertos fueron memorables por diferentes razones, pero las cotas de emotividad alcanzadas con el de Koko hacen que me decante por explicaros éste.
La noche empezó pronto incluso para los estándares de conciertos en Inglaterra: eran apenas las seis y media de la tarde cuando se abrieron las puertas de la carismática sala Koko (un antiguo teatro reformado), ofreciéndonos a los visitantes sus entramados balcones de aire rococó y su altísimo techo decorado.
Media hora más tarde y con la sala ya bastante llena, los jovencísimos Yndi Halda saltaron al escenario a ofrecer lo mejor de su post-rock. Empezaron con la preciosa Dash And Blast, y ya con ella se supieron meter en el bolsillo a toda la sala con esas sublimes líneas de violín que estremecen y esa explosión final que deja boquiabierto.
Su actuación demostró que el directo de este grupo, que ya impresionaba a propios y extraños en sus comienzos, gana en energía y destreza con el paso de los años. El setlist tuvo en vilo a los asistentes, que escucharon en un respetuoso silencio de principio a fin: una pena que les hicieran finalizar su actuación antes de lo esperado por culpa de las restricciones de tiempo de la sala.
A continuación les llegó el turno a This Town Needs Guns, formación de Oxford que con su primer álbum, Animals están empezando a levantar una buena polvareda en el panorama más experimental británico. Lo han hecho con un puñado de canciones bautizadas con nombres de animales en las que combinan sin pudor ritmos asimétricos propios del math rock, toques jazz y guitarras con un cierto aire pop.
En directo sonaron coherentes, frescos y atrevidos, y destacó sobretodo el trabajo de su fantástico batería Chris Collis y el carisma de su cantante, Stuart Smith, que no paraba quieto junto al micrófono y cuyos poco convencionales fraseos vocales acababan de definir el toque personal de la banda. Con temas como la alegre Chinchilla o la intrincada Baboon convencieron a un público que quizá no era el más sencillo dada la diferencia estilista con Yindi Halda y Oceansize. Muy recomendables.
Pero vayamos a los verdaderos protagonistas de la noche, que subieron a escena con la artillería pesada, una desafiante y ensordecedora Part Cardiac que quería dejar claro quién “mandaba” esa noche. Mike Vennart ofreció con ella su registro vocal más duro y siniestro, gritando y tocando con toda la rabia del mundo mientras se convulsionaba envuelto en cegadoras ráfagas de luz blanca, arropado por una sesión rítmica densa y oscura como pocas.
Hubo algo en la manera en que los miembros del grupo se volcaron por completo desde el segundo cero con ese primer tema, simplemente se empezó a notar en el ambiente que iba a ser una noche de esas que se recuerdan toda la vida.
Tras ese comienzo brutal no nos dieron un respiro y descargaron uno de los puntos álgidos de su nuevo álbum y sin duda del concierto, la espectacular Built Us a Rocket Then…: toda una montaña rusa emocional al más puro estilo Oceansize en la que brillaron las guitarras, los coros casi angelicales de Steve Durose y el trabajo impecable a la batería de Mark Heron, que dió una demostración de su dominio total del instrumento con unos ritmos tan cálidos como inmediatos y desenfrenados.
Si alguien esperaba un descanso tras esta bomba se equivocaba, porque acabaron de dejarnos exhaustos rematando el inicio del concierto con Unfamiliar, tema del álbum Frames, que acabó de convencer a los rezagados para que empezaran a moverse llevados por ese toque inmediato y agresivo a la vez que la caracteriza.
Como remedio para que no se nos saliera el corazón por la boca llegó New Pin, toda una sorpresa en su nuevo setlist. Hacía mucho tiempo que no incluían en sus giras este tranquilo y atmosférico tema de su segundo disco.
Pero si hubo una canción del pasado que hizo que el público suspirara emocionado, esa fue la delicada Music for a Nurse, uno de los buques insignias del grupo, que cubrió de escalofríos y silencio absoluto a los asistentes en un instante sencillamente mágico.
Llegado este punto, los propios Oceansize no podían ocultar que estaba siendo una noche también inolvidable para ellos, y Mike se dirigió a los asistentes con la humildad y el humor inglés habitual, mientras todos en el grupo, sonrientes y agradecidos, miraban asombrados a la pista y los más de cuatro niveles de palcos completamente llenos de fans en pie que tenían delante.
En medio del ambiente casi solemne que se había formado irrumpió la frenética It’s my Tail and I’ll Chase it if I Want To, como un torrente de decibelios dulce y descarriado que nos llegaba en oleadas de euforia. Imposible no quedarse boquiabierto.
A veces hay temas que sólo nos desvelan su verdadero potencial cuando los oímos en directo, y ése es sin duda el caso de Silent/Transparent, del nuevo disco, que envuelto en fantásticos juegos de luces resultó hipnótico en su aparente sencillez y casi nos llevó a las lágrimas con un cálido final in crescendo sencillamente mítico. Pillados por sorpresa, la gran mayoría nos quedamos totalmente asombrados con ella.
Sin tiempo que perder llegó Superimposer, que en vivo resultó más agresiva y directa todavía de lo esperado, y Pine, ambas del nuevo disco, tras el que volvieron a revisitar álbums anteriores. Lo hicieron con uno de esos temas que tienen la partida ganada antes de empezar a sonar, la atmosférica Paper Champion, y los gritos de admiración del público nada más reconocer las primeras notas así lo constataron.
Sabíamos que la actuación llegaba ya a su tramo final, pero no nos dio tiempo a lamentarnos porque ahí llegó Trail of Fire y nos quedamos enredados en su estructura progresiva, poseidos por el torbellino de energía en estado puro que tomó al asalto toda la sala y enloqueció a las primeras filas.
Así, con todos emocionalmente exhaustos, llegó el ya clásico cierre de concierto de Oceansize, con Ornament /The Last Wrongs, y fue un golpe de gracia durante el cual más de uno se rindió ante las lágrimas.
La he oido en directo varias veces pero pocas veces tan bien como ésta: los coros iniciales de Durose más angelicales que nunca, las guitarras cristalinas, la sección rítmica poderosa, el público cantando el canon final como una única tercera voz.
El grupo dio las gracias, visiblemente emocionado, y abandonaron el escenario recibiendo una cerrada ovación. Debido a las conocidas restricciones de tiempo en la sala nadie contaba con tener un bis, y por eso cuando volvieron a aparecer, victoriosos, para ofrecernos nada más y nada menos que Women Who Love Men Who Love Drugs, no nos creíamos nuestra suerte.
Al terminarse la batería del tema, Mark se despidió y abandonó el escenario, con el resto de compañeros aún tocando, y Steven hizo lo mismo al acabar con el bajo: Steve, Mike y Gambler se quedaron solos en el escenario tocando, y se fueron acercando al unísono hasta formar un curioso triángulo en el centro del escenario.
Así agotaron el riff de guitarras final del tema, ensimismados, con los ojos cerrados y la música fluyendo. En ese viejo teatro y con mil cuatrocientas personas observándoles en silencio, cómplices del momento, fue algo íntimo e irrepetible, el broche de oro mágico que el concierto merecía.
Valientes, humanos y más grandes que el océano, podremos disfrutar de su directo en varias ciudades españolas dentro de apenas dos semanas. Y es una experiencia que deberíamos vivir todos los amantes de la música en primera persona.
